ROCKTÁMBULO

Reflexión y documentación del rock en español.

Crítica ‘Quejidos que no escucha nadie’ [Forraje]

Quejidos que no escucha nadie (Forraje)   Cambio de discográfica y disco nuevo, esta vez sin Juancho. Es lo que dicta el presente de Forraje. Mucho se ha dilatado en el tiempo la espera, pero ya está aquí. Quejidos que no escucha nadie (Warner Music) ha sido grabado y mezclado en los estudios Sonido R-5 de Navarra bajo la batuta de David Díaz ‘Kolibrí’, que junto al mismo grupo se ha encargado también de la producción. Para esta actualización de estado, los gallegos se han afanado un nuevo guitarrista, Randy, quien ha aportado una notable profundidad musical al global del álbum, que goza a su vez de insignes compañeros de profesión.

   Quejidos que no escucha nadie tiene Intro, de veinte segundos, muy acorde a la portada del plástico: gaviotas sobrevolando una supuesta playa, olas llegando a la orilla y con ellas, una botella que al descorcharse hace latir el mensaje, nueve cortes más. El primero de ellos, A horcajadas, acertado single adelanto por su vivacidad y dinamismo a las cuerdas. Canción prototípica de Lulu, que juega con las mescolanza de sumisión, dulzura y sexo de soslayo. Lamentablemente, el exceso de diminutivos, sobre todo en cuanto a la rima (¿por qué?) lastran considerablemente el resultado final. Otro apunte, ¿ese “donde yo tenía encerrado el corazón” no recuerda en su fraseo a “donde guardo el corazón” (Quién me ha robado el mes de abril) de Joaquín Sabina?

   El disco continúa con Me bebo los vientos. Lulu expresa la misma idea que en el anterior corte, aunque desde la nostalgia de quien ha perdido algo, haciendo entender que por mucho que pasen los años, el sentimiento no muta. Empieza de forma muy melosa, pero poco a poco gana presencia gracias a la carga dramática de la guitarra solista. El tema recupera la figura del mar, que en los albores de Quejidos que no escucha nadie hace presagiar que se situará como eje central. El corte cuatro, Miradas furtivas, nos coloca en el primer tercio del cd. El ritmo sube apenas un peldaño, ya que la melodía se muestra contenidamente desenfadada. Vuelve a darle una vuelta de tuerca a las relaciones amorosas, partiendo esta vez desde un aquí te pillo, aquí te mato, que a la postre dará pie a nuevos caminos que explorar: “Quién diría que en el mismo bar […] una estrella me vino a buscar para iluminar mi camino.”

   Como prácticamente en cada trabajo de Forraje, encontramos una versión. En este caso es La quiero a morir, el Je l’aime à mourir de Francis Cabrel. Como resultado, un ejercicio de adaptación de los más interesantes que se han podido ver en el rock en los últimos años, ya no sólo porque el resultado es más que decente, sino por el atrevimiento transformar un tema estilísticamente diferente, aunque no fuesen ni de lejos los primeros en intentarlo (Shakira, Camilo Sesto, Jarabe de Palo, Muchachito, Sergio Dalma…). A favor, el contraste entre la voz gastada de Lulu y la desesperación amorosa, al tener un motivo por el cual vivir.

Jerry, Kuervo, Fernando, Lulu y Randy (Forraje)

Jerry, Kuervo, Fernando, Lulu y Randy (Forraje) // FOTO: Tato

   La sorpresa mayúscula viene de la mano de Puñales, un tema que en sus primeros compases esconde lo venidero. Ritmo de salón apuntalado con agudas notas de guitarra. Dolor, soledad, pesar… La potencia de la batería y las eléctricas cambian de tercio, y preparan el cordón de terciopelo para que Robe Iniesta (Extremoduro) entre. Éste eleva el nivel. Dolor, soledad, locura… El rock hace acto de aparición, Lulu e Iniesta mano a mano con el estribillo. Dolor, compañía, reflexión… Tras asumir el castigo, se produce la explosión de sonido y el tema se viene muy arriba. Rabia, independencia, aceptación… todo representado por el excepcional trabajo a los instrumentos, que -como no podía ser de otra manera- retrotaen a las últimas obras de Extremoduro.

   Siguiendo con las colaboraciones, Iker Piedrafita (Dikers), quien participa en los coros a lo largo de Quejidos que no escucha nadie, toma el relevo de manera distinguida, ya que introduce al piano Un vendaval de suspiros, marcado en parte por el calmo pero constante sonido de la caja, así como por los fluidos riffs insertados. “Mi corazón de madera/ se quema cuando se entera/ de que has mirado a los ojos/ a algún hijo puta al que romperé a trozos” resume a la perfección el sentir del tema, una soledad quejumbrosa (“quejidos que no escucha nadie”) que poco a poco se transforma en celos casi iracundos, con posible final bañado en alcohol. El trío de amigos lo completa Fernando Madina en Buscando el cielo, de lo mejor del disco, ya que mantiene el estilo vulgar (en el buen sentido) que hasta la fecha ha caracterizado a Forraje. Una noche de bar para olvidar todo el sufrimiento que suponen las experiencias expuestas con anterioridad. De paso, señalar que es uno de los temas con una lírica más rebuscada, sobre todo por el constante recurso de la metáfora.

   El LP lo rematan dos temas muy diferentes entre sí. Por un lado, Mucho que hacer, que pone en juego lo vivido en el pasado y el proceso de creación del presente. Quizá el corte donde Lulu se muestra más real. Mención especial al proceso de agotamiento que se va del verso “miro a mis adentros a ver” a “hay días que me canso de ser”. Por otro lado, Entre el barro y las chabolas, un estupendo y veloz corte inferior a dos minutos que rompe con la línea argumental del trabajo, ya que rezuma crítica social apelando al deseo de una mujer por salir de la marginalidad.

   Se podría decir que Forraje ha dado un paso al frente, pero no sería del todo apropiada esa afirmación. Más bien lo ha dado hacia un lado. Ha dejado atrás el sonido sucio que tan bien vestían en el pasado para ofrecer un producto pulido y accesible, algo posiblemente achacable a la aparición de Warner. Sobre gustos no hay nada escrito. Sin embargo, Quejidos que no escucha nadie es demasiado visible en sus costuras líricas: redundante en exceso con la temática, tanto que da la sensación de que siempre habla de lo mismo, abusivo en cuanto a tópicos (sexo en portales, noches en vela, alcohol para olvidar…) y -a mi modo de ver- tramposo en su visión canalla, ya que mientras antes se servía del sexo como fuente de inspiración, ahora se ciñe al romanticismo al uso con la inserción versos aparentemente transgresores. En resumen, un disco correcto, que agradará a los menos avezados en las lides del rock y escaso para los habituales del circuito. Para oír antes que para escuchar.

Quejidos que no escucha nadie (2013)

  1. Intro
  2. A horcajadas
  3. Me bebo los vientos
  4. Miradas furtivas
  5. La quiero a morir
  6. Puñales
  7. Un vendaval de suspiros
  8. Buscando el cielo
  9. Mucho que hacer
  10. Entre el barrio y las chabolas
SABICIO (rúbrica)
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Esta entrada fue publicada en 03/10/2013 por en Música, Reseña/Crítica y etiquetada con , .
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