ROCKTÁMBULO

Reflexión y documentación del rock en español.

Crítica ‘El parque de los poetas’ [Sínkope]

La banda más en forma del rock estatal, Sínkope, vuelve con nuevo disco de estudio, El parque de los poetas. Otra oportunidad para acercarse al grupo.

Sinkope - El parque de los poetas   Sínkope tiene nuevo trabajo en calle. Y eso es algo muy bueno, porque garantiza que 2017 tendrá una obra -como mínimo- notable y porque siempre es un goce disfrutar de los extremeños. El disco se llama El parque de los poetas (Rock Estatal Records) y ha sido grabado y mezclado en los Sonak Studios & Live de Mérida bajo la producción de Luis Miguel García y masterizado por Enrique Soriano en los estudios Crossfade Mastering (Valencia). El compacto es una vuelta a los orígenes, tanto por las formas como por el regreso de Woody Amores.

   El parque de los poetas empieza mostrando el músculo del nuevo guitarrista, en un inicio casi lento. Pero apenas es un espejismo, porque Los bichos que alimento cobra fuerza muy rápido, hasta conseguir un sonido enérgico digno de un gran arranque. La pista es equilibrada, es decir, combina perfectamente la poesía de Vito y una melodía atractiva y trabajada. Aunque muy leve, también contamos con un coro, en el que participa Jesús Cuervo. En primer corte, la lírica se torna sublime cuando asistimos a todo aquello que el protagonista tiene en la cabeza: aquello que morirá con él, aquello que se mantendrá por universal y lo que simplemente es pasajero y producto de un recorrido.

   A ésta le sigue El que mata la vergüenza, que, a diferencia de su predecesora, entra a romper; una vez más, dando fe de una nueva intención en las guitarras: más potencia y menos técnica. Asimismo, encontramos un tañer de la batería que le va a la zaga, pues suena con mucho cuerpo. El verso mantiene la espesura típica de Sínkope, y el estribillo es pura garra, y cada vez que entra va a más. Nos habla de aquello que empieza de una forma y acaba torciéndose, aunque su hermetismo puede dar lugar a multitud de lecturas. A pocos minutos de álbum ya tenemos una de esas canciones destinadas a aguantar el tirón de un repertorio exigente a más no poder.

Sinkope

Vito, Alberto, Woody, Fredi y Maikkel // FOTO: Sínkope

   En tercer lugar escuchamos el single del disco, Mi barca y mi mar. Una elección acertada, ya que es la pista que viste más cercana, más afín y más atractiva a primera vista. Además, es carne de directo. Tal vez la única pieza que tiene asegurado un lugar a la vuelta de un lustro. En sí, el verso mantiene al oyente en vilo hasta la llegada de un estribillo compacto y cargado de fuerza, y nos ofrece cambios de ritmo interesantes y al mejor Vito. Nos habla de vivir, de crear camino, a veces como consecuencia de un destino y otras por decisión propia.

   La pista número cuatro es El parque de los poetas (construcciones la ruina), y da nombre al álbum. A lo largo de un viaje de seis minutos, Sínkope nos hace transitar por dos pinturas: una donde los instrumentos son un telón de fondo casi minimalista y otra donde se practica un rock de medio tiempo. Por el camino, asistimos a fragmentos en los que destacan las cuerdas y el énfasis contenido del cantante. La voz de Vito, aun así, se presenta arrastrada para compactar un mensaje triste y lastimoso. El puente, por su parte, mantiene el tono contenido. El tema lo deja casi todo a la lírica, centrada en un cambio urbano despojado de vida y que da la espalda al ciudadano. De entrar en el directo, puede comportar problemas por rebajar en exceso y durante demasiado tiempo la tensión del mismo, y esto sería un tanto extraño, en cuanto que abandera el compacto.

Sinkope   No me desates posee un inicio oscuro, ya no sólo por la parsimonia de Vito, sino por el marco que crea el tintineo de la única cuerda en acción. Este arranque sienta muy bien cuando se pone en contraste con lo que, pasado ese momento, aparece, “el benate”, la bestia que no conviene soltar, los monstruos del ruido. La pista es un compendio de todo cuanto es Sínkope: una buena letra, cambios de ritmo, un estribillo asible y sentimiento visceral.

   Caronte, en la mitología griega, es el encargado de transportar las almas de los difuntos hasta el más allá. Para realizar tal viaje, en barca, era preciso pagar un óbolo (moneda de plata). Pues bien, alrededor de este personaje se estructura La tasca donde la poesía es bebía (sic). En ella, no hay miedo para cruzar a ese lugar donde el placer de los sentidos cobra vida; es un descensos a los infiernos de la vida y la literatura. En cuanto a la melodía, demasiado constante y machacona, estribillo al margen. Este efecto de repetición se acentúa con la estructura anafórica del verso. Aun así, la cosa funciona.

   El corte siete, Pan de besos, es una balada que rebaja el rocanrol destilado durante los primeros treinta minutos. Para darle un carácter más dulce, Sínkope opta por incluir unos coros bastante marcados, en los que participa Lorenzo González. Bajo el mensaje romántico de “los besos que no se dan, se fugan para no estar presos”, el corte sirve de alivio, de ruptura, y éste se deshace como un diente de león con la suave brisa. A caballo entre la balada y acordes trovadorescos entra Y me da mucha rabia. Parece que mantenemos el tono suave, pero nada de eso, vuelven las guitarras duras y el solo. Sínkope se despoja de la metáfora dura, de la retórica introspectiva y de la distancia; Vito baja al parque, entra en la tasca y sube al tejado para enarbolar una denuncia medioambiental directa y sin paliativos: “No aprendemos que agua semos [sic], que salimos del charco”. La música es fresca, fluye, deja buen sabor en el paladar y te deja con ganas de más. Otra candidata a incursionar en el setlist.

Sinkope concierto   Del mismo modo, el grupo mantiene la denuncia explícita en En los tejados de los gatos sin maullidos. El título ya deja entrever la idea de desnaturalizar los espacios, espacios que realmente son viviendas y maullidos que en realidad son las voces de las clases obreras. Arranca lenta, mostrando tristeza y pena, pero pronto aparece la electricidad y, en consecuencia, un rocanrol de manual. El tema se acelera bastante, y ello provoca que la frontera entre el verso y el estribillo quede difuminada, apenas el solo en el centro es capaz de dividir la pieza. En sí, es el corte que mejor refleja la ilustración que presenta El parque de los poetas en la cubierta. Más allá del ítem “parque”, representa de forma fiel esa ciudad dominada por la especulación, la desigualdad y la falta de oportunidad. En parihuelas se asemeja mucho al corte anterior y sirve muy bien para apuntalar las mejores canciones del disco, e incluso puede dar grandes momentos en la gira de presentación. Se mueve entre la tristeza por un presente y el optimismo por un pasado; sin embargo, en la forma prevalece la primera faceta, que deja su huella firme con el quejío flamenco.

   El penúltimo corte del compacto, Si querer me va a doler, es otro de esos que puede tener bastante recorrido. Ante tanta denuncia y crítica a la idiosincrasia del ser humano, Sínkope se desmarca con un tema amoroso. Con sufrimiento, claro. Y qué bien se les da. Pero cabe reconocer que esta forma de apelar al amor podría ser hasta gratuita, porque la letra se centra en la memoria, en cómo lo registrado por el corazón te machaca sin compasión. Si te dejas llevar por lo que ofrece la pista, va directo a la vena. Posee uno de los estribillos más melódicos del álbum, el solo más evocador de cuantos encontramos en El parque de los poetas y, además, deja espacio para lo sencillo, como un bajo desnudo o una voz despojada de florituras. “Si querer me va a doler, dejo el corazón en casa”… Vito dixit.

   El LP lo despide Abriéndose un claro, en acústico y con la colaboración de Aurora Beltrán. Un tema crepuscular en el que las dos voces empastan perfectamente, a pesar de ser un tanto semejantes. Por ello, consiguen un fantástico broche que bien podría tener espacio a medio concierto, para oxigenar.

   A estas alturas del blog (siete años), no vendrá de nuevo la preferencia que tengo por Sínkope. Otras bandas llevan más público, otras formaciones venden más camisetas y otros grupos caen mejor, pero si nos ponemos a analizar únicamente las obras, los discos, las canciones, pocas bandas pueden mirarle a los ojos a Sínkope. Disco que sale, dico que convence. Tanto es así que cuando aparece una novedad, siempre la miro con escepticimo, porque -desde el pesimismo- considero tarde o temprano tiene que haber una pequeña mancha. Sin embargo, hasta la fecha no ha sido así.

   El parque de los poetas vuelve a poner al grupo extremeño arriba, en el podio del rock urbano. Tal vez no haya muchos temas que tengan asegurado un lugar en el futuro repertorio de la banda, pero eso responde a una discografía francamente extensa en calidad. La última obra de Sínkope trae composiciones largas, hasta completar una hora, en las que vale la pena cavar hondo, por lo hace que conviene darle más de una escucha. Es la condición primordial para empezar a disfrutar de estas canciones. Una vez más, Sínkope no entiende de fronteras, por mucho que echen abajo el parque.

El parque de los poetas (2017)

  1. Los bichos que alimento
  2. El que mata la vergüenza
  3. Mi barca y mi mar
  4. El parque de los poetas (construcciones la ruina)
  5. No me desates
  6. La tasca donde la poesía es bebía
  7. Pan de besos
  8. Y me da mucha rabia
  9. En los tejados de los gatos sin maullidos
  10. En parihuelas
  11. Si querer me va a doler
  12. Abriéndose un claro
SABICIO

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Esta entrada fue publicada en 11/01/2018 por en Música, Reseña/Crítica y etiquetada con , .
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