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Crítica ‘El último cartucho’ [Arpaviejas]

El sexto disco de Arpaviejas, El último cartucho, es caos, mala hostia y autodestrucción.

Arpaviejas - El ultimo cartuchoArpaviejas tiene como paciente cero a JR Kubensis, y sus inicios se remontan a principios de siglo. Durante casi dos décadas, miembros han entrado y miembros han salido, la banda ha parado y la banda ha vuelto, aunque el nombre de Arpaviejas siempre ha resonado en el horizonte. En 2014, tras un cese de la actividad, el grupo volvió a la carga y proyectó su nuevo trabajo. Éste, grabado en los estudios Trashzone de L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona) a cargo de Juan Carlos, apareció en 2017 bajo el título de El último cartucho. El álbum, compuesto por catorce pistas, recupera temas de los inicios y se despacha con fantásticas piezas de punk.

El último cartucho entra como una apisonadora con Souvenir de Barcelona, en la que Arpaviejas directamente deja caer “el navajazo” y la “patada en la boca” como recuerdo para todos aquellos turistas que llegan a la ciudad condal. Básicamente, el grupo demuestra no estar para hostias: las cosas son como son y así se exponen. La melodía no da tregua, es intensa y empasta de maravilla con la actitud vocal de JR. El tema se asemeja mucho a la segunda pista, Así es mi puto país (extraída de la primera maqueta, A rienda suelta). Tanto que la transición apenas se percibe, pues el bajo que la gestiona bien podría ser el puente de la primer pista. El inicio, con las cuatro cuerdas es oscuro, pero rápidamente la eléctrica y una batería machacona se hacen con la melodía. Una vez más, Arpaviejas saca las tijeras de hacer trajes y le recorta la cara a su país.

A pesar de arrancar de forma sencilla, el riff inicial de Furia alcohólica se envenena de modo magistral. Acto seguido, entra voz y la partitura se estabiliza, hasta que la canción da cabida a diversos ejercicios de guitarra que hacen lucir el tema. La rabia es una constante, pero el corte tiene una capa de decadencia exquisita producto del alcohol y sus consecuencias. Empieza con un sol y sombra, se detiene en las tragaperras y termina con brotes de violencia. Unos lo verán como un infierno, otros como un paraíso, pero la verdad es que “el mundo de fuera es siempre tan aburrido”.

Arpaviejas banda

Condi, -, – y JR Kubensis // FOTO: Arpaviejas

No baja el nivel Una sola bala, que vuelve sobre la idea de la violencia, y de forma bastante explícita. Es este caso, ya pasamos a las armas de fuego. “Bastaría una sola bala para acabar con el poder”. La letra encierra la solución a los desajustes sociales y los intereses de la clase política. La pista presenta un sonido crudo, el mismo que despelleja a diestro y siniestro. Le sigue Chutas de acero, también recuperada de A rienda suelta. En ella, el alcohol queda atrás y damos paso a material más duro. Las chutas (jeringuillas) se establecen como la representación de una forma de vida, e incluso se deja caer una relación de dependencia recíproca. Destaca el estribillo, muy rockero, y el coro.

A medio camino de El último cartucho tenemos Está prohibido (de A rienda suelta) y Crisis de angustia. La primera tiene mimbres del punk rock de los 80, con hechuras a ratos pesadas por destacar el bajo; y a ratos ligeras, producto de guitarras limpias. En esta línea, la relevancia viene dada especialmente por lo que sucede en los instrumentos, que dan cuerpo a la hostilidad de la lírica. La segunda, mostrando parámetros semejantes, resulta mucho más atractiva, sobre todo por esa mezcolanza de hastío, libertad, tragedia. Arpaviejas dibuja una escena de tensión que se sumerge en lo más profundo del declive humano, y deja un regusto a desastre que se refleja muy bien en la melodía de la canción.

Arpaviejas logo

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Entre tanto caos, la formación demuestra que también tiene espacio para rebajar la tensión y postrarse en los muelles de la espuma romántica. Ahora bien, esto es punk navajero, y como tal, los conceptos se distorsionan hasta comprometer la realidad. Tengo los huevos cargados de amor (de A rienda suelta) apela a lo irreverente: el amor es puro esperma. La melodía sigue con la tónica de no dar tregua, menos al inicio. Este merece mención aparte. Los compases se alargan y JR interpela de igual forma, consiguiendo una cadencia que sitúan el tema en otra esfera del punk. Francamente evocador.

No hay piedad es más adusta y regular. Por su parte, el frontman se queda en el fraseo riguroso y rígido, desprovisto de florituras. Como contrapartida, resulta curioso cómo los vigilantes del metro se convierten en poco menos que mercenarios de la peor calaña. El corte es un ejercicio donde el costumbrismo punk se expresa en todo su esplendor. Al otro lado de los tres minutos tenemos Vive deprisa (de A rienda suelta), que recoge todos los ítem hermanados del “No future”: “Pasa de todo, pues todo es una mierda”, “corre mientras puedas” o “quizá mañana te estemos enterrando”. En paralelo, el sonido del bajo es una losa que recrudece el relato. Arpaviejas expone las manías y ¿errores? de la generación actual. En este tema, los ochenta más desencantados y los millennials encuentran un agujero de basura en el que reconocerse.

Arpaviejas - El último cartucho

Traducción de Depresija, de Niet

Con mimbres de balada arranca Disolvente (de A rienda suelta). Intimista, nostálgica… la vertiente romántica vuelve a abrirse paso. Pero los cuatro minutos de pista (bastantes para el estilo de Arpaviejas) dan para muchos cambios, y el primero de ellos es hacerse fuerte en la potencia de las guitarras. Más adelante, la pista se sustenta en el bajo y, en un final de estrépito, el vocalista disloca el argumento, que en el título aparece como spoiler. Carguen, apunten, fuego es la última joyita que guarda El último cartucho, y rebotará en las paredes de la habitación donde guardas la materia gris. El contenido, en su sencillez, no da puntada sin hilo; y la forma -intensa, rápida y sin un segundo de pausa- es excepcional, sobre todo por la clase de rock and roll en el puente. Un trallazo que en directo puede desatar la locura colectiva.

El álbum guarda una versión, Depresija. La original es de la banda eslovena Niet. La pista se ventila con un riff, un solo y siete versos. El reverb le confiere un tono a medio camino entre lo onírico y lo cavernoso, aunque lo lírico nos habla de la tristeza y la depresión en soledad. Los versos se repiten como un mantra, de modo que la letra bien podría entrar en la categoría de haiku. Por buscar semejanzas, estaría muy cerca de Historia triste, de Eskorbuto. El compacto lo cierra Música de guerra, con la energía y la rabia que caracteriza la música de Arpaviejas. El grupo deja entrever el camino a la paz: “Sólo puede quedar uno”. Después de cuarenta y siete minutos, entra en juego ese “último cartucho” que reza el título. El cuarteto remata la faena con un argumento filosófico al que se le podría dar vueltas infinitas: la violencia engendra paz. Venga Tomahawk al ideario pacifista.

La vuelta de Arpaviejas es una gran noticia por sí misma, pero a tenor de lo expuesto en El último cartucho, lo es más todavía. Porque el disco no tiene desperdicio, es una obra de punk rock por la que hay que pasar sí o sí. Resulta francamente atractiva la mala leche que desprende, deviniendo en un grito de sinceridad ácido y descarnado de los bajos fondos. Además, no se esconde en ningún momento, y con ello se postula como una salvaguarda de que el punk todavía tiene recorrido.

Recupera temas de la primera época de forma acertada, y presenta nuevas composiciones que darán mucho que hablar. Arpaviejas está en forma.

El último cartucho (2017)

  1. Arpaviejas - El último cartucho descargaSouvenir de Barcelona
  2. Así es mi puto país
  3. Furia alcoholica
  4. Una sola bala
  5. Chutas de acero
  6. Está prohibido
  7. Crisis de angustia
  8. Tengo los huevos cargados de amor
  9. No hay piedad
  10. Vive deprisa
  11. Disolvente
  12. Carguen, apunten, fuego
  13. Depresija
  14. Música de guerra

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SABICIO

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Esta entrada fue publicada en 01/11/2018 por en Música, Reseña/Crítica y etiquetada con , , .
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